No traigo piedras, no traigo milagros
Cochabamba cierra sus puertas para la festividad de Urkupiña. Se peregrina, se baila, se pide, se toma. Recién llegué a vivir a esta ciudad de vírgenes, santos y milagros, entonces creo que es mi deber como recién llegada alistar mis tenis y caminar, caminar pensando en qué le voy a pedir, en si voy a creer.
La fiesta de la Virgen de Urkupiña no es efímera ni olvidable, eso lo he comprobado en el poco tiempo que estoy acá. Los cochalos se lo toman muy en serio. Lo noté inicialmente cuando aparecieron los carteles que anunciaban la festividad. El primero que vi fue uno que anunciaba que el 9 de agosto se llevaría a cabo la entrada autóctona. Eso me pareció normal, un bailecito, flores a la Virgen y ya está, podemos pasar página. Estaba equivocada.
Poco después vi otro anuncio en la televisión donde se informó que el 14 de agosto se realizaría la entrada folclórica y que se declaraba feriado departamental en Cochabamba. Pensé que era exagerado, pero en Bolivia nunca hay demasiados feriados y, ¿a quién le hace daño? Dos jornadas de bailes, movimiento económico, pensé.
Entonces me enteré de que el 15 de agosto se iba a desarrollar la misa y fiesta central de la festividad y que nuevamente sería feriado. Eso ya me pareció excesivo, especialmente porque resulta que la fiesta de la Virgen termina oficialmente el 16 de agosto con la peregrinación hasta el Calvario, donde se encuentra ella.
¿Qué tantos milagros habrá concedido la Virgen para darle tantos días de fiesta?
Crédito: Abya Yala Tv
De todas estas actividades, la peregrinación es, a mi parecer, la parte más interesante de esta festividad. Los creyentes recorren aproximadamente unos 15 kilómetros, que en su mayoría se realizan durante toda la madrugada. La Alcaldía cierra las calles a las 12 a. m. en punto para que los peregrinos inicien. Una vez llegando a Quillacollo, los creyentes ingresan a la misa en la plaza para luego proseguir con la peregrinación hasta llegar al Calvario, ubicado sobre el cerro de Cota, donde se realiza el ritual de sacado de piedras. La tradición dice que las piedras se sacan como forma de préstamo, solicitando a la Virgen que les conceda un milagro. Los peregrinos deberán llevarse las piedras sacadas y devolverla al año siguiente.
Es la primera vez que escucho sobre esta festividad, comprensible porque mi agnosticismo me impide acercarme a estos espacios, pero cuando toda la ciudad se paraliza para venerar a una Virgen es imposible seguir mirando desde mis racionalidades y rechazos. Especialmente cuando yo misma ando buscando un milagro desde hace cuatro meses.
Entonces me acerco cautelosamente a esta festividad. Voy el sábado 15 de agosto a ver qué es realmente esta estatua, por qué le cierran las calles, si de verdad hace milagros. Un protocolar “nos conoceremos”.
Y entonces me pasa el clásico efecto Baader-Meinhof y no puedo dejar de ver en todos lados a la Virgen. Está en la “Pollería Urkupiña”, en el trufi que tiene como decoración en la parte delantera un bordado donde se lee “con la bendición de la mamita de Urkupiña”, en los carteles sobre la avenida Blanco Galindo que anuncian la llegada de la fiesta, en mi cabeza, que ve en ella una posibilidad de volver a sentir esa parte de mi cuerpo que se enfrió el día en que me sacaron un quiste y una trompa de Falopio de emergencia.
Milagros, milagros y más milagros. ¿Tan compleja es la situación que solo nos queda recurrir a los milagros?
Me pongo a pensar de forma irrespetuosa y prepotente, porque no me ha hecho nada la Virgen, pero la rechazó por tradición, porque pienso que nada bueno puede venir de templos donde se veneran figuras de estuco esculpido, mantos de oro y curas. Pero también me cuestiono: ¿qué tiene todo eso que ver con la Virgen? Después de todo, se cuenta que ella apareció en las faldas del cerro Cota, que se le presentó a una niña que pastoreaba a sus ovejas, que concede milagros. Quizá lo hace como una manera de arreglar todo eso malo que es la institución a la que le tocó pertenecer, porque tampoco creo que la Virgen se haya asociado de manera voluntaria al catolicismo.
Cosas que uno piensa por no pensar que quizá ella es la única que me pueda conceder este milagro que ando buscando. ¿Tan desesperada estoy? ¿Es esto lo que pasa cuando una persona que no cree en milagros empieza a necesitar uno?
Es como esa noche durante la pandemia, cuando de rodillas le pedí a ese dios que mi mamá no se muera, que salga de terapia intensiva. Esa noche cuando mis miedos cedieron a la imposición católica, cuando descubrí la colonización de mis miedos.
Y quizá es por eso que no puedo dejar de pensar en Urkupiña, porque esto de la fe de la que tanto me hablan las personas quiere volverse real, quiere penetrar nuevamente mis miedos.
En fin, llegó la madrugada del 16 de agosto. Me puse mis tenis y me propuse a ir, a pedirle de mujer a mujer un milagro.
He estado yendo al doctor para que me ayude, para no tener que recurrir a estas debilidades que la religión me ofrece, pero ni él pudo solucionarlo. Cada mañana, al bañarme, odio no sentir el agua caliente y cada noche gritó al pasar mis dedos y no sentir más que un hormigueo absurdo.
Y después de tanto tiempo sin solución, me rindo y me arrodillo nuevamente ante esta deidad. Me propongo ir y sacar mis piedritas. Quizá así tenga menos rabia, quizá para eso sirven la religión, las vírgenes y los milagros: para no sentir tanta pena, tanto odio.
Pero antes de que me conceda el milagro ocurre otro. Algo me salva, algo más grande que ella, y no salgo de mi casa. No abro la puerta. Me quedo parada e inmóvil. Mis tenis no dan un paso más. Mi mochila aún tiene la botella con leche y café para soportar el frío.
Doy media vuelta, me desvisto y me duermo.
Ha acabado Urkupiña, siento una resaca de lo no vivido. No traigo piedras, no traigo milagros y hoy al bañarme seguiré sin sentir el agua caliente.