Donde el agua no enfermaba: La Fogata de San Juan en la tierra del güembé

Es 23 de junio, vísperas de la Fiesta de San Juan, el día está bendecido con una lluvia que deja el olor a tierra mojada en Igüembe. Hay un corte entre el agua fría del 24 de junio y el calor del fogón que ya no existe, pero que la Sra. Lía (85) enciende cada vez que ceba un mate. Ya no tiene la grata compañía de su esposo Luis, pues él ha fallecido hace ya más de tres décadas. Pero sus pasos aún resuenan en la casa cuando el frío de junio cruza la provincia Luis Calvo.


El Chaco

Se observa a doña Lía inclinada junto al rescoldo, mientras sus manos remueven las cenizas y su memoria vuelve a encender las noches de San Juan de su juventud, el Chaco de las décadas de 1960 y 1970: las familias reunidas alrededor de las fogatas, la leña crepitando en medio del frío, los niños esperando la madrugada para bañarse en un agua que los mayores creían bendita y las antiguas costumbres transmitidas de una generación a otra. 35 años de vida junto a su esposo, disfrutando de la unidad familiar, el cariño de sus hijos, movidos por la fe y la esperanza depositaron toda la confianza en Dios y en la Virgen de las Mercedes, cuya fiesta patronal es el 24 de septiembre, cita infalible para acudir a misa y expresarle su gratitud por la salud de los hijos, la cosecha abundante de sus campos y el queso fresco y sabroso que obtenían de su ganado, una época de oro la habrían llamado los poetas. Hoy doña Lía yace frente a unas brasas casi apagadas que le permiten dialogar constantemente con aquel tiempo en que, según la memoria de sus protagonistas, el fuego reunía a los vivos y el agua de San Juan parecía capaz de protegerlos del invierno.

Allí estaba Igüembe entre dos respiraciones de la tierra: de un lado, el monte seco del Chaco, áspero y espinoso, donde los árboles parecían haber aprendido a vivir con poca agua y mucha paciencia; del otro, las quebradas que descendían desde las serranías del Aguaragüe llevando, aun en los días más fríos, un agua tan transparente y helada que parecía recién salida de las entrañas de la piedra. El nombre del lugar conserva, como suelen conservar los pueblos antiguos, la memoria de una planta: el güembé, esa presencia verde que se aferra a los troncos y vive de la humedad ajena, trepando hacia la luz mientras abajo el monte resiste el sol, la sequía y los años.

Mas en junio, el paisaje cambiaba de respiración. El surazo bajaba sin pedir permiso y se metía por las rendijas de las casas, doblaba las ramas y hacía que los perros buscaran el reparo de los corredores. Entonces las familias entendían que había llegado la noche de San Juan. Después de la cosecha, las chalas de maíz se acumulaban en los patios y los galpones, secas, livianas, amarillentas, esperando su destino. Algunas terminaban en las manos de los niños, que jugaban Caspincho, otras iban a alimentar el fuego. Al caer la tarde, el Chaco empezaba a oler a humo.

La fogata no era todavía una llama: era una promesa. Primero aparecían las chalas, después la leña, luego las brasas que iban creciendo bajo el cuidado de los mayores. Cerca, alguien preparaba el sucumbé, batiendo la leche con el huevo, la canela y el singani, mientras el vapor subía de la olla como una pequeña nube doméstica. Se bebía caliente para pelearle al frío, para que el cuerpo no se rindiera ante el surazo. Sobre las brasas, la carne comenzaba a dorarse lentamente, y el olor del asado se mezclaba con el humo y con las voces de quienes habían llegado desde otras casas.

El vino no faltaba. En aquellos años, por los viejos caminos de tierra, llegaban botellas de Tarija. Unas eran de Kolberg; otras, de Aranjuez o vino patero. Venían después de viajes largos, sacudidas por el polvo y los baches, y terminaban abiertas alrededor del fuego, pasando de mano en mano mientras la noche se hacía más cerrada. Nadie tenía prisa. San Juan era una de esas pocas noches en que el frío, en lugar de dispersar a la gente, la obligaba a acercarse.

En Igüembe la noche no pertenecía únicamente al fuego. Cuando las últimas conversaciones empezaban a apagarse y el humo quedaba suspendido sobre los patios, la quebrada continuaba corriendo en la oscuridad. Su agua descendía desde las serranías del Aguaragüe con una frialdad que parecía imposible en una tierra acostumbrada al calor. Los mayores hablaban de ella con una seriedad que los niños aprendían a respetar: aquella era el Agua de la Eterna Juventud.

En las familias tradicionales del Chaco, esta agua no era cualquier agua ni servía a cualquier hora. La creencia decía que, durante la mañana del 24 de junio, el agua de la quebrada recibía una gracia especial. Había que bañarse temprano. Antes del mediodía. Después, el misterio se retiraba. Por eso algunos bajaban cuando todavía no había amanecido del todo. El frío mordía los brazos y los pies buscaban las piedras del camino. Los niños protestaban, los adultos reían y alguien repetía: “San Juan” al echarte agua, como si dijera una verdad heredada de muchas generaciones:

—Apúrate, pues. Después de las doce ya no vale. Entonces el cuerpo entraba en el agua. Era un estremecimiento, una sacudida, una especie de desafío. Las mismas personas que unas horas antes se habían acercado a las brasas para calentarse, entregaban ahora su cuerpo al agua helada. Y allí, entre el monte seco, la quebrada y las serranías, San Juan reunía dos fuerzas que parecían contrarias: el fuego de la noche y el agua de la madrugada. “El agua de la quebrada no era corriente helada, era un bautismo antiguo que lavaba los años antes de que el sol despuntara».

Las llamas servían para espantar el frío. El agua, según la memoria de los mayores, servía para espantar el tiempo. Y así, mientras el sol comenzaba a levantarse sobre el Aguaragüe, Igüembe repetía una ceremonia que nadie necesitaba explicar del todo. Bastaba haber visto a una madre llevar a sus hijos hacia la quebrada, a un hombre regresar tiritando y riendo, a una pareja de ancianos hablar del baño como quien recuerda una travesura de juventud.

Antes del mediodía, decían, todavía era posible. Después, el agua volvía a ser solamente agua. Pero durante unas pocas horas, en aquella mañana fría del 24 de junio, la quebrada guardaba el secreto que los habitantes de Igüembe habían escuchado desde niños: que San Juan podía pasar por el fuego, descender de las serranías y quedarse, por un instante, escondido en el agua.

El monte que pide cuidado

Ahora las nuevas generaciones deben respetar la transición de las normativas ambientales modernas que prohibieron las quemas en el ecosistema seco del Chaco. El mismo fuego que unía a la familia aprendió a callar para no devorar la casa del monte.  La evolución de la tradición sin rencor hacia la ley: el fuego deja el patio exterior para refugiarse en el brasero interior y en la memoria.

El verdadero rescoldo da la vuelta al presente. La ausencia física de don Luis durante 36 años y la presencia de doña Lía frente al mate. Papá Luis no se fue del todo: se quedó guardado en el lugar donde el fuego no necesita leña para arder. La revelación de que las grandes fogatas de chalas no eran el verdadero rito de San Juan. La fogata era solo la envoltura efímera; el verdadero fuego de los abuelos era la capacidad de reunir a la familia. Los abuelos no nos dejaron una casa encendida en el patio de Igüembe; nos enseñaron en qué parte del pecho se guarda el rescoldo para que no se apague nunca.

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