LOS HILOS DE PLATA DE LA GUALALA

“…al solo ver tus ojos, me veo en ellos reflejada

Fotografía: Augusto Ballivián Céspedes

El umbral donde se detiene el tiempo

Pocos lugares en Sucre imponen un silencio tan firme como el santuario de la Virgen de Guadalupe, situado en la Catedral Metropolitana de Sucre y Primada de Bolivia. Cuando se apagan los pasos de los visitantes y la tarde cae sobre la plaza 25 de Mayo, cruzar ese umbral es respirar un aire que no pertenece a esta época. No es el perfume de las flores ni la densidad del incienso, sino una atmósfera antigua que parece detener el tiempo. Eso lo sé porque estuve ahí dentro muchas veces y puedo dar fe de ello.

Desde el voluntariado, lejos del ruido de la ciudad, el tiempo transcurre con la pausa de otro siglo. Recuerdo aquel día en que ayudé a limpiar el templo: repasé con un paño los balaustres de plata, grandes y pesados; barrí los rincones que no son de acceso público y toqué espacios que parecían acercarme un poco más a Dios. Sentí precisamente eso, que estaba en otra realidad. En el día a día, hay ancianas que avanzan a tientas, acarician los bancos y susurran oraciones que suenan a pedido y a gratitud; hay hombres de manos curtidas por el campo que se persignan, absortos ante la presencia deslumbrante de la Gualala.

Ecos de la sangre y el canto barroco

Para mí, esta cercanía no responde a un arrebato de beatitud. Es la herencia de una semilla sembrada hace generaciones. A través de la investigación documental y de las horas entregadas al Archivo y Biblioteca Arquidiocesanos de Sucre “Monseñor Miguel de los Santos Taborga” (ABAS) —que funciona dentro del propio recinto catedralicio—, descubrí que mi árbol genealógico hunde sus raíces en estas paredes. Un antepasado mío sirvió en este templo, caminó por estos pasillos y dedicó su vida a cuidar este espacio, legando a los suyos un respeto reverencial por la Patrona de Charcas. Al recorrer los legajos del archivo o contemplar el lienzo sagrado, entiendo que me une un amor familiar a la casa de la Virgen. Estar allí me hace sentir bendecida por una historia que me precede y me sostiene.

Esa misma atmósfera se vuelve aún más viva cuando el templo se llena de música. Como integrante del Coro de Capilla de la Catedral Metropolitana, bajo la dirección del Maestro de Capilla, Gabriel Campos Arandia, me ha tocado experimentar la fe desde una dimensión sonora singular. Este ensamble no interpreta canciones comerciales ni arreglos improvisados; rescata y devuelve a la vida las partituras del Barroco Americano que descansan en los fondos del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia (ABNB) y de la propia Catedral, composiciones policorales de maestros virreinales como Juan de Araujo, Roque Ceruti y Blas Tardío de Guzmán. Cantar en el mismo espacio donde mis antepasados escucharon y entonaron esas melodías en el siglo XVII es una vivencia que trasciende lo estético. Es comprender que la verdadera festividad de la Virgen comenzó mucho antes de las danzas y las bandas, en la piedad silenciosa y en el arte de elevar la voz en la penumbra.

Fotografía: Augusto Ballivián Céspedes

Doce mil perlas para la memora colectiva

Es precisamente hacia ese lugar adonde se dirigen nuestros cantos, allí donde reposa la imagen de la Gualala. En su urna de plata, bajo una luz tenue y amarillenta, la Virgen de Guadalupe permanece ajena a las resoluciones municipales, a las licitaciones públicas y a las disputas de presupuesto. Su presencia no necesita altavoces ni publicidad. Es una sobriedad soberana que ha protegido a la ciudad durante más de cuatro siglos. Quien se detiene frente a ella entiende de inmediato que ese manto cuajado de perlas, esmeraldas y exvotos no es un despliegue de ostentación eclesiástica, sino un santuario vivo de la memoria colectiva chuquisaqueña. Cada pieza adherida guarda el recuerdo de una enfermedad vencida, el temor a la sequía o el alivio de una vida salvada, entre otros motivos.

Examinar de cerca el manto de la Gualala es leer una parte de la historia de Sucre. No existe en Bolivia una imagen que concentre tanta devoción, arte y drama social en tan reducido espacio. Quien la observa no contempla únicamente una obra sacra; observa un catálogo de peticiones, sollozos y milagros congelados en metal y pedrería. La vestimenta de la Virgen es un relicario viviente donde más de doce mil perlas dibujan el fondo sobre el cual descansan prendedores de diamantes, cadenas de oro macizo y relicarios virreinales.

La fe de los desposeídos y la bala del presidente

En los detalles más insólitos del manto habita la verdadera dimensión humana de la fe. Entre las piezas más llamativas destacan pequeños toros tallados en oro con ojos de esmeralda —donados en el siglo XVII por mineros prósperos de Potosí—, una delicada sirena dorada que sostiene una diminuta guitarra y, al pie de la composición, dos célebres lagartijas de esmeraldas. Pedro Ramírez del Aguila en 1639 relata: «…Aderezando la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe y acomodando a la una parte de la fimbria de la ropa del Niño una lagartija de oro con esmeraldas, bien obrada y esmaltada, no se halla otra correspondiente a ella para el otro lado. Y en este punto vino una india vieja y pobre y trujo atada en un trapillo desaliñado otra lagartija de oro con esmeraldas y esmaltada como la otra, y pidió a los mayordomos la pusiesen en el vestido de Nuestra Señora, y que no tenía más que darle». Esa joya encierra una lección conmovedora: en el altar de la Guadalupana, la fe de los desposeídos pesa exactamente lo mismo que los pectorales de oro y piedras preciosas entregados por los arzobispos.

Tampoco faltan en la confección de este sagrado vestido los testimonios de las convulsiones de la nación. Cosida con hilos de plata cerca del borde inferior del manto, reposa una bala de plomo, exvoto que recuerda el atentado sufrido por el presidente Manuel Isidoro Belzu en el siglo XIX. El mandatario, tras sobrevivir a un disparo a quemarropa en Sucre, atribuyó su salvación a la intercesión de la Virgen y ordenó inmortalizar el proyectil en metal precioso para fijarlo permanentemente a las vestiduras de la Patrona. Así, el manto —montado cuidadosamente sobre láminas de plata repujada que enmarcan con majestuosidad los rostros pintados en el lienzo original— es también un parte de guerra, un diario clínico y un testamento histórico de la ciudad.

Fotografía: Augusto Ballivián Céspedes

El sol de septiembre y el estruendo de las bandas

Mi esposo, Augusto Ballivián Céspedes —voluntario de corazón, especializado en la historia de la Catedral Metropolitana, que apoya las labores de investigación documental en el Archivo e ilustra sus hallazgos a través de la fotografía—, ha retratado a la Virgen desde todos los ángulos que le han sido posibles y no se cansa de buscar un nuevo detalle en ese universo de metal, gemas y bordados. Él conoce la biografía oculta de muchas de las piezas engastadas sobre el soporte; sabe que la Virgen habla en silencio a través de sus recuerdos y que solo hace falta detenerse, mirar con atención y descifrar la historia que cada devoto dejó fijada con hilos de plata en su chapa de plata o en su gema reluciente. Es una riqueza que abruma, pero que no pertenece a la codicia terrenal; es la propiedad afectiva de un pueblo que cuida ese tesoro como parte entrañable de su propia identidad.

Al cruzar de nuevo las puertas de la Catedral y salir a la plaza 25 de Mayo durante los días de septiembre, el contraste resulta deslumbrante y casi violento. Es necesario recordar una verdad que el bullicio contemporáneo suele eclipsar; las danzas y la Entrada Folclórica no son el festejo en sí mismo, sino apenas una parte añadida a un rito mucho más antiguo y profundo. Durante siglos, la verdadera fiesta de la Virgen radicó exclusivamente en el programa espiritual:  las novenas populares, el canto de las coplas tradicionales en el templo, las vísperas, la procesión solemne y la misa central. Fue recién a finales de la década de 1980 cuando las instituciones decidieron incluir formalmente el desfile folclórico dentro de la agenda oficial. Con el paso de los años, este añadido terminó generando la distorsión de que la Entrada es la festividad principal, desplazando al margen lo que realmente constituye el núcleo sagrado de la celebración.

Del recogimiento espiritual del templo, donde el barroco se canta con solemnidad y los exvotos cuentan historias en silencio, se pasa sin transición al retumbar de las bandas, el brillo sintético de los trajes bordados en serie y al olor avinagrado de la cerveza derramada en las aceras. La festividad de la ciudad en honor a la Virgen de Guadalupe ha sufrido esa metamorfosis: un fenómeno multitudinario que convoca a decenas de miles de bailarines y espectadores, transformando a la capital chuquisaqueña en un escenario gigantesco donde la fe de siempre se estrella contra el ruido del espectáculo.

La resistencia de la fe a ras del suelo

En las últimas décadas, el festejo ha buscado consolidarse institucionalmente, promoviendo su resguardo y reconocimiento patrimonial ante organismos nacionales e internacionales como la UNESCO. Este esfuerzo por preservar la identidad festiva de Sucre ha traído innegables beneficios para el turismo y la visibilidad cultural de la región. Sin embargo, bajo el brillo de las pantallas gigantes, las vallas publicitarias de las empresas auspiciadoras y la proliferación de graderías comerciales, no es difícil advertir que la fiesta corre el riesgo de devorarse a sí misma. La entrada folclórica, concebida en sus orígenes como un peregrinaje danzado de gratitud y compromiso espiritual, amenaza a menudo con convertirse en una pasarela de consumo donde el espectáculo ahoga la fe.

Frente al espectáculo mediático y la lógica del mercado —que califica el éxito de la fiesta únicamente en términos de derrame económico o metros de espacios vendidos—, la verdadera devoción encuentra sus propios canales de resistencia. No está en la ganancia económica para el municipio ni en la de los auspiciadores, sino a ras del suelo, en el asfalto y en los pies cansados de quienes bailan sin importarles las cámaras. Habita en la familia de los campesinos que han viajado horas desde las provincias para inclinarse ante la Mamita de Guadalupe, con una vela encendida entre las manos, en la bordadora que ajusta con paciencia una lentejuela en el traje de su nieto; o en el joven que, agotado tras kilómetros de recorrido, rompe a llorar en silencio al divisar la silueta iluminada de la Gualala.

Es en esa grieta entre el ruido mercantil y el fervor donde reside la encrucijada de Sucre. La Virgen de Guadalupe no pertenece al folclore publicitario ni a las disputas de las autoridades de turno; pertenece a la memoria viva de un pueblo que busca en su mirada una respuesta a las incertidumbres del presente. Cuatro siglos después de que el extremeño fray Diego de Ocaña dejara secar el óleo, la imagen sagrada de la Virgen de Guadalupe sigue inspirando a sus devotos desde su urna de plata, inmune al paso del tiempo y a las modas pasajeras. Al final, cuando las bandas de música se retiran y las luces de la ciudad siguen alumbrando, pero ya no a los bailarines, sino a los residuos del festejo que serán barridos en la madrugada y a los danzantes alcoholizados han quedado en las calles, está ella, nuestra Patrona, la de los ojos hermosos y mirada tierna, la que escucha y abraza con su manto de estrellas.

Previous
Previous

Jaqaypiña urkupiña

Next
Next

No traigo piedras, no traigo milagros