EL LAGO TAMBIÉN BAILA
“Dicen que hay pueblos que guardan sus historias en los libros y otros que prefieren contarlas bailando. all the difference.”
Crédito: Wanderlust Bolivia Press
En Taraco, las historias tienen música e historia.
Hay que llegar antes de que empiece la fiesta para entenderlo. Meses antes, las visitas comienzan y las invitaciones llegan de puerta en puerta. Los cabezas, guardianes de la fiesta grande, recorren el pueblo, la ciudad y visitan a sus paisanos y lugareños. Pero no llegan solamente para invitar. También llevan una petición: bailar.
Porque en Taraco no basta con mirar la fiesta. Hay que ser parte de ella.
Antes del 16 de julio, el pueblo comienza a despertar de una manera distinta. Las calles se preparan. Y la fiesta comienza con el faeneado del ganado. Antes de las bandas, antes de las matracas y antes de que los trajes llenen las calles de colores, están las manos que trabajan. El sacrificio del ganado forma parte de un ritual para preparar la comida que será compartida con los comensales. Las cocineras comienzan su labor, los garzones se preparan y poco a poco se pone en marcha esa enorme maquinaria humana que hará posible la celebración.
No comienza con música. Comienza con trabajo.
Después llegará la velada, la banda toca para quienes llegan al lugar, fuegos artificiales por la noche, un especie de serenata.
Llegará la entrada. Llegará la diana. Y entonces Taraco cambiará de rostro.
Las calles se llenarán de música y los morenos aparecerán vestidos con trajes que parecen guardar el lago sobre sus espaldas. Los bordados de la vestimenta son característicos de esta fiesta y conservan una estructura particular. Entre ellos está el bordado Killi, cuyas formas tienen un relieve y es exclusivo de los trajes de moreno.
En Taraco hasta el lago parece bailar.
Entre los bailarines aparecen personajes que hacen de esta celebración algo único. Está el T'isku T'isku, figura tradicional que representa simbólicamente a un anciano y cuyos pasos se alejan de los movimientos habituales de la morenada: salta mientras lleva un chicote en la mano.
Crédito: Wanderlust Bolivia Press
Y están los peces. Bailarines que representan la fauna del lago que rodea la península. Por unos instantes, el Titicaca parece abandonar sus aguas y bailar junto a los morenos.
Luego está la matraca. Pero tampoco es una matraca cualquiera. En Taraco tiene la forma de un chanchito blanco y su sonido pertenece exclusivamente a esta fiesta de la Virgen del Carmen. Es uno de esos pequeños detalles que quizá pasan desapercibidos para quien llega por primera vez. La matraca, es realizada por un artesano y la misma solo puede ser utilizada en la festividad que se realiza en el lugar, no en otra.
El T'isku T'isku, los peces, el chanchito blanco y los trajes bordados no son simples adornos. Son parte de una identidad que solamente cobra vida de esta manera durante la fiesta.
Y entonces surge la pregunta: ¿cómo llegó la morenada a convertirse en parte de la historia de Taraco?
La respuesta tampoco está en una sola fecha.
El investigador Edgar Nina dedicó años a reconstruir la historia de esta danza y sitúa hacia 1898 la aparición de la morenada como institución en Taraco. Su investigación recoge además antecedentes anteriores, con referencias al moreno y a expresiones relacionadas con la danza desde mediados del siglo XIX. La tradición, por tanto, no parece haber nacido de un día para otro. Fue tomando forma lentamente, entre música, vestimenta, devoción y comunidad, hasta convertirse en una expresión ligada a la Virgen del Carmen.
Quizás por eso Taraco se nombra a sí misma como la Cuna de la Morenada.
No solamente por los documentos.
No solamente por las investigaciones.
Sino porque la tradición todavía está viva.
Desde 2014, además, Bolivia tiene oficialmente un Día Nacional de la Danza La Morenada. Cada 7 de septiembre se celebra esta danza en reconocimiento a su importancia cultural y a la trayectoria de José Flores Orozco, “El Jach'a Flores”, mediante la Ley N.º 512.
Pero en Taraco no hace falta esperar al 7 de septiembre para recordar lo que significa la morenada.
Aquí la memoria tiene otra fecha.
El 16 de julio. El día de la Virgen del Carmen.
Crédito: Wanderlust Bolivia Press
Y cuando la música finalmente se apaga y los bailarines comienzan a quitarse los trajes, uno podría pensar que la fiesta ha terminado.
Pero todavía queda algo.
El último día, los cabezas reciben y celebran a quienes trabajaron durante la fiesta: las cocineras, los garzones, los músicos y todas aquellas personas que estuvieron detrás de la celebración mientras otros bailaban.
Entonces la fiesta parece revelar su verdadero significado. No perteneció solamente a quienes estuvieron bajo los reflectores. También fue de quienes cocinaron, sirvieron, tocaron, organizaron y trabajaron.
Al día siguiente, las calles recuperan poco a poco su tranquilidad. Las matracas vuelven a los baúles y dejan de sonar. El T'isku T'isku guarda su chicote y los peces regresan, por un tiempo, a las aguas del Titicaca.
Hasta que llegue otro julio. Entonces volverán las invitaciones. Volverán a abrirse los baúles. Volverán los bordados. Volverán los peces. Volverá el chanchito blanco a girar entre las manos. Y volverá la música.
Porque hay pueblos que guardan sus historias en los libros y otros que prefieren contarlas bailando.