PASANTES DE LA FIESTA DEL TATA SANTIAGO DE OCKORURO

Un cielo cuajado de estrellas y la silueta imponente de una vieja iglesia de piedra observan a una vivaz niña de pollerita y abarcas. Corretea sobre el polvoriento patio, observándolo todo con ojos curiosos y despiertos. En sus manos lleva un jarro con calentito, una bebida humeante preparada desde la madrugada por su mamá con agua de canela, azúcar y alcohol.

—Contra el frío tatay, mamay... cómprate un calentito, fuertecito y bien hervidito está —ofrece la pequeña con voz cálida.

Detrás de ella corren su hermana mayor y su hermano menor. Todos están ocupados, concentrados en la tarea de ayudar a vender la bebida mientras mantienen un ojo vigilante en el burro que les ayudó con el acarreo de la leña y los insumos. No deben distraerse, aunque la tentación es grande: el sonido profundo de las zampoñas inunda el aire, el colorido de los trajes tradicionales destaca en el paisaje y las figuras imponentes de los pasantes y las autoridades comunales imponen respeto

¿Quién podría pensar que este año, esa misma niña nacida en el rigor del campo en Santiago de Ockoruro, ahora convertida en una erguida y orgullosa mujer de 39 años, es de la familia pasante? Hoy, Rossmery Quispe Menacho contempla el mismo patio, con ojos ya no de infancia sino de nostalgia y responsabilidad heredada. 

Cuando la entrevisto, con palabras suaves dice:

—Soy Rossmery Quispe Menacho, tengo 39 años. Nací en el campo, en Santiago de Ockoruro. Tengo dos hermanos y tres hermanas. Fui al Yachay Wasi a los cinco años. A la escuela directo he entrado, creo que a primero o a segundo, porque tenía que llevar al Omar, el menor. No lo podía dejar ir caminando solito desde la casa; era una hora entera de camino a pie.

Infancia de barro, ovejas y creativa imaginación

La vida en Santiago de Ockoruro nunca ha sido sencilla, pero para las wawas de la comunidad, el trabajo y el juego son una sola experiencia. Rossmery recuerda que sus principales ocupaciones eran llevar a pastar a las ovejas, cuidar a los chanchos y recoger leña para cocinar. 

—Cuando había tiempo libre, perseguíamos lagartijas y saltamontes —relata con una sonrisa 

— Les pasábamos pajitas por el cuello y les hacíamos caminar como si fueran un arado. También nos gustaba hacer caminitos en el barro, puentes y paradas por los que empujábamos nuestros autos de piedra. Paseábamos a nuestras wawas cargadas en la espalda con aguayo.

—Piedritas más o menos rectangulares nos conseguíamos, les poníamos nombres y eran nuestras muñecas. Yo usaba pollerita y abarcas; por eso tengo hartas heridas en mi planta, porque el clavo de la plantilla de la abarca se giraba y me hacía sangrar. Pero así se crecía en el campo, fuertes.

Entre esos recuerdos hay uno especial: la fiesta de su pueblo, la celebración del Tata Santiago. Rossmery evoca el estruendo de los cachorros de dinamita retumbando en los cerros.

—Me acuerdo bien cuando los pasantes hacían reventar la dinamita al entrar al aljerez —explica, haciendo referencia a una casita de paja y piedra muy antigua—. Dicen que antes eso era la iglesia original. Está justo al frente del colegio, donde los mayores cuentan que quedaba la antigua casa de hacienda.

Después de 53 Años

De acuerdo con el orden comunitario este año, en julio, les tocó ser los pasantes oficiales de la fiesta del Tata Santiago. No es un evento cualquiera; es un honor y una carga económica y social que su familia no asumía desde hacía mucho tiempo.

—Ha sido después de 53 años —remarca Rossmery, con un tono serio—. La última vez, mi papá todavía vivía y mi hermano mayor era apenas un niño pequeño. 

Cuando le pido que me relate cómo fue el proceso de preparación, su rostro refleja el cansancio, pero también la satisfacción del deber cumplido. Organizar una fiesta patronal en el mundo andino es una obra de relaciones sociales que toma meses de anticipación, alianzas comunitarias y una gestión bien pensada de los recursos.

—La preparación ha sido un grave ajetreo —señala—. Empezó formalmente cuando fuimos a cavar papa en abril. Ahí, en pleno campo, ya fuimos separando la producción. "Esto va a ser exclusivo para la fiesta", dijimos. Desde ese momento ya empezamos a dejar dinero, porque las mujeres hemos colaborado activamente con la comida. En ese entonces dimos los fondos para que compren aceite, harina y fideo... las cosas secas, para que las vayan almacenando. Fueron a comprar todo hasta Belén, porque es un poco más económico, nos dijeron.

El bloqueo y los cambios de fechas

Sin embargo, el calendario de la fe a veces debe lidiar con los imprevistos de la realidad política y social del país. Debido a un prolongado bloqueo que duró 53 días, la familia de Rossmery se vio obligada a retrasar la fiesta del Llanka Pallay, una celebración crucial que habitualmente se realiza entre finales de mayo y principios de junio, un mes antes de la fiesta mayor

El Llanka Pallay marca el inicio oficial de los preparativos. Es el momento solemne donde se empieza a elaborar la chicha de maíz que correrá abundantemente durante las celebraciones. A este acto llegan el alcalde comunal y las principales autoridades locales. El pasante tiene la obligación ritual de cocinar dos tipos de platos tradicionales: la comida roja (puka mikhu) y la comida amarilla (quellu mikuy).

—Cocinamos así, de los dos tipos, para toda la gente que viene —explica Rossmery—. No es algo obligatorio para la comunidad, pero voluntariamente las personas pueden asistir. Tú, como pasante, invitas a tus familiares, vecinos y allegados más cercanos para compartir.

Este año tuvieron que realizar esta celebración apenas una semana antes de la fiesta principal. 

El trabajo comunitario bajo el sistema del ayni  se activó de inmediato. En la mañana del día señalado, los comunarios que desean ayudar llegan portando sus picotas y sus pitas. Antes de dar el primer golpe a la tierra o al árbol, se realiza la challa ritual con la chicha elaborada por el pasante.

El tributo es para los Achachilas, los espíritus protectores de las montañas. Los comunarios soplan la chicha y dirigen sus oraciones hacia los picos que custodian la región: el Kuntur Phuyuna, el Wakaris punta y el Turuchakis punta. Solo después de pedir permiso y bendición a la tierra, suben a la punta escogida para apallar (recoger y cortar) la leña que alimentará los fogones. A mediodía, las mujeres de la comunidad suben al cerro cargando ollas con comida y chicha para alimentar a los trabajadores.

La hachita del Tata y el nombramiento de los kamachis

—Se bajan todos del cerro al caer la tarde —continúa Rossmery—, y en la noche se prepara la cena en la casita antigua porque llegan las principales autoridades comunales. Ahí se encuentra la figura del Tata Santiago, que es un tipo de hacha. Tiene la forma de un banderín, no sé si será de plata o de estaño, pero es sumamente antigua. Mide unos 80 o 90 centímetros por lado; es una plancha metálica que lleva grabada la imagen de Santiago montado en su caballito blanco. El pasante tiene el deber de resguardarla en su hogar durante todo su año de cargo. 

Esa misma noche rodeados por el aroma del incienso y el calor de la chicha, se lleva a cabo uno de los momentos más solemnes y políticamente importantes de la organización: la elección de los colaboradores, conocidos tradicionalmente como peones o kamachis.

La costumbre exige un acto de humildad por parte de los organizadores. Los pasantes deben ponerse de rodillas ante los miembros elegidos de la comunidad para solicitar su apoyo.

—De rodillas les decimos: "Tú vas a ser el servidor, tú vas a ser la cocinera". Así, en ese mismo rato, para sellar el compromiso, les tienes que dar hojas de coca, un litro de alcohol puro y una cajita de masitas —relata detalladamente—. Escogemos a la gente de manera muy específica para que, estando comprometidos de corazón, cada uno cumpla fielmente con su cargo durante los días de fiesta. A los escogidos se les premia públicamente con un pan mediano y con un plato de comida servido triple; esa es nuestra forma de agradecer su voluntad y su trabajo.

Rossmery aclara cómo se dividen las tareas más complejas, como la gestión de los licores y los brindis:

—El nombramiento de los kamachis se hace el mismo día de cortar la leña. Si la persona que quieres no está en la fiesta, tienes que ir hasta su casa a buscarla. Se escoge a los que ya saben y tienen experiencia. Por ejemplo, a los que llamamos toritos: ellos son los encargados de llenar los jarros de bebida e invitar a la gente. No solo invitan a nombre del pasante, sino que tienen que preguntar por todos tus allegados: por tu papá, tu suegro, tu ahijado, tu padrino, tu hijo... por absolutamente todos. Si los invitados no están presentes, los toritos ayudan a tomar en su lugar. Caso contrario, si no tuviéramos a estos ayudantes, ¡el pasante tendría que tomarse como 30 toritos él solo y no aguantaría la fiesta!

La semana del fogón encendido

Una vez consolidado el equipo de los kamachis, la semana de la fiesta se transforma en una maratón de producción gastronómica y logística que no da tregua. El sábado previo se elaboró la chicha principal en una jornada comunitaria entre los pasantes, sus familiares y los vecinos que llegaron de forma voluntaria. La labor duró toda la noche.

El lunes siguiente se continuó con la refinación de la chicha y se sacrificó un chancho para alimentar a las personas colaboradoras. El martes se dedicó exclusivamente al viaje para realizar las compras de verduras frescas y el ají seco en los mercados mayoristas. El miércoles se horneó pan tradicional en tres tamaños distintos, cada uno con un destino ritual específico.

—Hicimos unos panes grandes, del tamaño de bañadores, con un quintal de harina —detalla Rossmery—. Esos panes gigantescos son regalos exclusivos para el pasante saliente y para el pasante entrante que va a agarrar la fiesta al año siguiente. También hicimos panes chiquitos para los desayunos y panes medianos para entregar a los colaboradores directos.

El jueves suele ser el día reservado para el ñakaraku, el sacrificio ritual de los animales, pero por cuestiones de logística la familia de Rossmery lo trasladó al viernes. Desde las primeras luces de la mañanita, la comunidad se movilizó para matar y pelar 24 ovejas. Los cuerpos faenados fueron trasladados de inmediato, junto con las compras del mercado y las canastas de pan, hacia el aljibe

La gastronomía de la fiesta es un despliegue de saberes ancestrales donde nada se desperdicia. Al mediodía se sirvió un almuerzo reponedor para los ayudantes, y a media tarde se preparó el ilapari utilizando las vísceras y la sangre fresca de las ovejas sacrificadas.

—El ilapari es la sangre cocida con la tripa cortada en pedacitos chiquitos —explica Rossmery —. Se cocina con papa desmenuzada, cebollita verde y ajo. Es como un revuelto tradicional. Para la noche, para asentar el estómago de los presentes, se hizo cocer papa, chuño y mote.

La víspera y el anuncio festivo

El mismo viernes, al caer la tarde, se inició la víspera de la gran fiesta. La hachita metálica del santo fue levantada de su altar temporal en un ambiente cargado de incienso y las de las zampoñas. En una procesión danzante, la comunidad acompañó la reliquia hacia la también llamada casita del pasante que es la iglesia antigua o aljibe. Al llegar al recinto, se hicieron reventar tres cachorros de dinamita. El estruendo avisa a toda la comunidad que la fiesta del Tata Santiago había comenzado oficialmente. Pocos minutos después, la llegada del mayordomo de la iglesia fue anunciada con otra detonación de dinamita que rasgó la noche.

La comida y ofrendas se reforzó con el traslado de dos ovejas adicionales preparadas como kanka (panza rebozada y asada) acompañada de mote. A las ocho de la noche, las máximas autoridades políticas de la región —el alcalde local, el alcalde mayor y el mayordomo— hicieron su ingreso oficial para dar inicio al tradicional intercambio de toros, un rito de reciprocidad y respeto político entre los líderes de la comunidad y los organizadores.

El sábado, el día central de la festividad, el trabajo de las mujeres comenzó a las cinco de la mañana, cuando los fogones volvieron a encenderse. El frío del altiplano se combatió con un desayuno contundente que se fue invitando a los que llegaban a la vieja casita, panes chicos, umanana (caldo de cabeza de cordero), ají de papa con panza, romero y la tradicional karapullka, caldo espeso cocinado con piedras calientes que mantiene el calor en el cuerpo de los devotos.

—Un poco más tarde, al aljibe, llegaron los músicos contratados y las fraternidades de bailarines —relata Rossmery—. Para ellos se prepara otra comida. Nosotros hicimos preparar lechón al horno. Después de eso nos fuimos todos a la misa central. Para ese momento, llegó mucha gente de todas partes, varios para vender sus productos.

El ayni de dinero y la continuidad de las costumbres

En la misa especial dedicada al Tata Santiago, el ambiente se transformó en un espacio de solemnidad eclesiástica y comunitaria. Como dicta la tradición secular, los pasantes tienen la obligación de entregar una obra para el mantenimiento de la iglesia local. Durante la ceremonia, el párroco pregunta formalmente desde el púlpito: "¿Qué obra está dejando el pasante este año para la casa de Dios?". 

Es también en un momento cumbre de la misa donde el testigo de la devoción cambia de manos. El pasante entrante pasa al frente y asume formalmente la responsabilidad de organizar la fiesta del año venidero, integrándose a una lista comunitaria inquebrantable de la que participan también el alcalde y el mayor. El cargo no se compra; es un deber cívico y religioso que va por estricto orden de lista comunal.

Al salir del templo, la imagen del Tata Santiago cruzó el umbral en una pequeña y emotiva procesión envuelta en nubes de incienso. Afuera, en el atrio, la comunidad esperaba con devoción. Es el momento del thipar, uno de los actos más bellos de la economía solidaria andina. Los amigos, compadres, familiares y devotos se acercaron uno a uno a Rossmery y a su familia y les prendieron billetes en sus ropas, en sus pechos y en los bordes de sus sombreros.

Los billetes no son solo dinero; son un lazo de ayni, una promesa de que la comunidad sostiene a sus miembros, una bendición del Tata y la seguridad de que, mientras haya un Quispe o un Menacho dispuesto a arrodillarse ante sus kamachis, la memoria de Santiago de Ockoruro seguirá viva bajo el cielo estrellado del altiplano.

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