Los espíritus de La Otra Fiesta: cromatismos y memorias de una calle vacía

Audrey Dupleich

A las tres de la madrugada, cuando la ciudad todavía duerme, alguien enciende una luz. Sobre una mesa hay hilos, en otra hay flores, y sobre una cocina las ollas comienzan a despedir vapores de fiesta. En las pantallas nada se proyecta, pero numerosas personas se están movilizando para que una fiesta, que aún no empieza, pueda suceder.

            En Bolivia, una fiesta puede comenzar mucho antes de que la música suene: en una promesa, en una conversación familiar, en un traje que se borda durante meses, en una responsabilidad que pasa de una generación a otra; o aún mucho antes, en una historia que nadie recuerda del todo, pero que alguien aún se preocupa por repetirla.

            La Otra Fiesta nace de ese lugar que casi nunca aparece en una pantalla o en una fotografía. Quiere acercarse a aquello que sostiene la fiesta, a las historias que la preceden, a las voces que la atraviesan y a las huellas que deja.

            Hablar de los espíritus de La Otra Fiesta es reconocer que hay múltiples latidos en ella. Hay distintas maneras de creer, de participar, de recordar y también de cuestionar. Hay tradiciones que permanecen casi intactas y otras que cambian para seguir vivas. Hay devoción y comercio, herencia y descubrimiento, memoria y espectáculo, rito, modernidad y posmodernidad. Hay voces que se encuentran y otras que se contradicen. Todas forman parte de esa trama diversa que nos encarna.

            Esos espíritus están en las manos que bordan un alma sobre un traje, en quien corta la leña y pide permiso a los Achachilas, en la mujer que cocina de madrugada para cientos de personas, en el objeto que pasa de una generación a otra, en la promesa que se cumple después de muchos años. Están también en quien duda, en quien observa desde afuera, en quien ya no encuentra la misma fiesta de antes y en quien, a pesar de todo, vuelve cada año, sin dejar de creer o, tal vez, sin querer dejar de creer.

            Por eso, en La Otra Fiesta, la celebración puede comenzar a las tres de la mañana en la calle La Paz de Oruro, donde la familia Paxzi borda trajes de moreno que no son solamente vestimenta, sino Qillqa, memoria escrita en tela. Trajes que, cuando hayan cumplido su ciclo, serán despedidos en el fuego.

            Puede continuar en Santiago de Ockoruro, donde una familia asume nuevamente la responsabilidad de ser pasante después de 53 años, y la fiesta se construye con ayni, leña, comida, kamachis, thipar y una larga cadena de responsabilidades compartidas.

            En Sucre, la memoria puede esconderse en el manto de la Gualala: en sus miles de perlas, en una pequeña lagartija ofrecida por una mujer pobre hace siglos, en una bala convertida en ofrenda a cambio de sanidad. O puede aparecer en la voz de un coro que todavía canta en el mismo templo, junto al eco de sus antepasados.

            En Igüembe, los espíritus pueden sobrevivir junto a unas brasas casi apagadas, en el recuerdo de doña Lía, entre el fuego de San Juan y en aquella agua helada de la quebrada que alguna vez pareció capaz de lavar los años.

            En Taraco, pueden estar en las manos de las cocineras y de los garzones, en el bordado de un traje que sale del baúl una vez año, llevando en su cuerpo muchas generaciones, en el sonido de una matraca con forma de chanchito blanco o en los peces que, por un momento, parecen tener permiso del Titicaca para salir a bailar.

            Puede vivir también en la fe de Ninón, que durante décadas volvió a Urkupiña para agradecer sus milagros; en quien mira esa misma fiesta desde el agnosticismo y se pregunta si todavía es posible creer; o en un preste urbano donde una caja de cerveza, unos petardos y una ch’alla revelan otras maneras de relacionarse con la devoción.

            Son fiestas distintas. Son voces distintas. Y solo en Bolivia pueden escucharse juntas.

            La Otra Fiesta quiere ser ese espacio de encuentro: un archivo digital de la memoria festiva boliviana construido desde la crónica, el testimonio, la investigación histórica y el registro audiovisual. No para llegar a definir cómo debe ser una fiesta, ni para buscar una única manera de entenderla; sino para escuchar cómo la viven quienes la hacen posible.

            Porque detrás de cada entrada hay una historia. Detrás de cada traje, unas manos. Detrás de cada rito, una memoria.

            Y después de cada celebración, quedan las huellas de quienes casi nunca alcanzamos a ver. Quizás esos sean los verdaderos espíritus: aquello que antecede al bombo y al platillo, y que permanece resonando después del último acorde, cuando la calle vuelve a quedar vacía, pero la memoria se encuentra colmada de La Otra Fiesta.