Jaqaypiña urkupiña
Historia y leyenda
Según la leyenda que escuché de pequeña, la Virgencita de Urkupiña apareció por primera vez a una niña pastorcita en las faldas del cerro de Cota. Ella llevaba todos los días a su rebaño de ovejas cerca al río Sapenko. Un día, una señora con un niño en brazos se le acercó y empezó a hablarle en quechua. La niña contó a sus padres del encuentro, y ellos, asombrados, se lo contaron al párroco y a sus vecinos.
Inmediatamente, todos subieron con la pastorcita por la ladera del cerro. La Virgen, al verlos, comenzó su ascenso al cielo y la niña, emocionada, gritó:
—¡Jaqaypiña urkupiña!, ya está en el cerro.
Lo que comenzó como una leyenda desde finales del siglo XVIII se convirtió en una fiesta de celebración, no solo de devoción, sino también de integración, donde campesinos y citadinos conmemoran y celebran su fe a la Virgen de la Asunción aparecida en Quillacollo, Cochabamba, como expresión de un sincretismo entre la tradición andina y la religión católica. La celebración se realiza cada año el 15 de agosto, fecha en la que la Iglesia católica celebra la Asunción de la Virgen María a los cielos.
Milagros y devoción
Con los años, la fama de los milagros concedidos por la Virgen creció y, a la fecha, bolivianos de todo el territorio nacional y de distintas partes del mundo se reúnen el 14, 15 y 16 de agosto de cada año para participar de la entrada folklórica, la caminata de catorce kilómetros desde la ciudad hasta el cerro y, finalmente, la extracción de piedras —costumbre de sacar piedras a combazos en representación de abundancia—, la compra de alasitas, deseos representados materialmente en miniatura, como una casa, títulos académicos, automóviles e incluso wawitas. Finalmente, participan de la misa, reciben la bendición y realizan la ch'alla.
Para Ninón (75), la devoción se lleva en el corazón, pero también en un calvario personal que continúa desde hace más de 45 años en devoción a la Virgen de Urkupiña. En 1982, después de ocho años casada, aún no podía concebir al bebé que tanto añoraban ella y su pareja. Después de todos los tratamientos y estudios médicos, sin resultados, recurrió a su fe y se encomendó a la Virgen.
Realizó la caminata de catorce kilómetros la noche del 15 de agosto, con un rosario en mano y un solo anhelo: concebir un bebé. Llegar al calvario, buscar las rocas y comprar una sola alasita, una wawita. Escuchar la misa y recibir la bendición. Regresar a casa y esperar.
De agosto a enero, Ninón rezó, frecuentó las misas, participó de grupos de beneficencia y caridad, porque eso sí: lo que la Virgen te da debe ser devuelto a otros. Hasta que finalmente supo que esperaba su primera hija.
Con el corazón elevado ante el milagro otorgado por la Virgen de Urkupiña, su fe se volvió inquebrantable y su devoción, absoluta.
Durante los nueve años siguientes, Ninón no dejó de asistir, llevarle flores y velas a la Virgen de Urkupiña. Durante este tiempo, presenció el desgaste de la fiesta, no en concurrencia, sino, al contrario, en decadencia y paganismo ante sus ojos. En la entrada folklórica existía un consumo excesivo de bebidas alcohólicas; en la procesión, un jolgorio de juego y jarana de los jóvenes participantes, y no de sacrificio y devoción; en el calvario, un abarrotamiento de comercio, de oferta y demanda, incluso del tradicional combazo de piedras, que con los años se agotaban en el cerro y debieron ser traídas de otros lugares.
Ante esta mirada, que según ella no estaba de acuerdo con la fe que exigía la Virgen, conformó un comité de señoras con quienes compartía la misma forma de pensar. Juntas exigieron a las autoridades mayor control y la reivindicación del sentido religioso de la fiesta.
A la vez, anhelaba un segundo milagro. Con absoluta certeza, no recurrió a su médico; directamente se encomendó a la Virgen por un segundo bebé. Como fiel devota, en 1992 prosiguió con el mismo pedido: la procesión, la caminata, esta vez de la mano de su primer milagro, el rosario y el mismo anhelo, la compra de la wawita, la misa y la bendición.
A los tres meses, esperaba su segunda bebé. Para Ninón, ver crecer a sus dos bendiciones fue un regalo absoluto de la Virgen de Urkupiña.
A la fecha, aún concurre el mismo grupo de señoras defensoras de la fe en la Virgen, luchando cada año por el control requerido por la fe y no por el comercio y la fiesta. Ninón ya no frecuenta la misma procesión ni el calvario en la misma fecha; prefiere hacerlo dos semanas después y tiene la certeza de que la Virgen aprueba su decisión.
Dos semanas después de la celebración, acude a la misa, recorre un calvario más vacío y tranquilo, realiza sus ofrendas de flores y velas a los pies de la Inmaculada, reza y agradece por sus milagros de 44 y 33 años.